Antes de la crisis del Covid-19, aquellos empleados no estaban especialmente contentos con su empresa, pero “iban tirando”. Estaban más que acostumbrados a un jefe que poco se comunicaba con ellos según su punto de vista, y es que para ellos, la comunicación se trataba, sobre todo, de “echar broncas”, o al menos esa era su percepción. El trabajo era bastante exigente y trataban de esforzarse, pero estaban hastiados de no ver reconocimiento expreso a sus logros, en ningún sentido, porque pasara lo que pasara, su nómina era la misma a final de mes (excepto por las horas extra) y el trato con su jefe, también. Cuando las cosas iban bien, los empleados veían cómo el jefe aparecía cada poco con un coche diferente y trajes nuevos, lo cual hacía que más de uno tuviera cierto resquemor, por pensar que lo tenía gracias a ellos, y ellos seguían cobrando lo mismo.

Entre unos y otros, cuando hablaban del tema, se quemaban porque se sentían increíblemente importantes y muy poco valorados, a todos los niveles. Así, su rendimiento fue bajando de manera paulatina, y no porque ellos se lo propusieran, sino porque la desidia y la desmotivación se fue apoderando de ellos poco a poco, como si de un cáncer se tratara. Estos empleados, para nada conscientes de su menor rendimiento, estaban convencidos de que hacían bastante más de lo que les correspondía si lo relacionaban con el salario. Algunos miembros del equipo se habían atrevido a optar a algo mejor y se habían ido de la empresa, pero los demás no creyeron que un cambio mereciera la pena, ya que al final tendrían que trabajar igual y les podía la creencia de que “todas las empresas son iguales”.

Bajo este contexto, llegó la gran crisis del Covid-19. Pasados los primeros días de confinamiento, la empresa les anuncia, a través de la gestoría, que se les tiene que aplicar el famoso ERTE. Empezaron a llamarse entre ellos, a comunicarse mediante su chat de equipo en watsapp; no sólo iban a dejar de cobrar las jugosas horas extras, que les quitaban de más de un apuro cada mes, sino que además iban a ver su salario rebajado. Se veían como los grandes perdedores de una situación de la cual no tenían ninguna culpa, y creían firmemente que el empresario, su jefe, tenía un enorme colchón y que ahora encima iba a dejar de pagarles, por lo que casi casi, salía ganando en esta crisis, y ese pensamiento hacía enfurecer a más de uno. Los mensajes que se cruzaban entre ellos eran: “Ahora sale la verdad de lo que nos valora” “Le da igual que nos hundamos en la miseria mientras él tiene miles de euros en el banco”, “ni siquiera ha sido capaz de dar la cara y hablar con nosotros, lo ha hecho a través de la gestoría”, “con lo que le hemos hecho ganar, así nos lo paga, cuando seguro que podía aguantar y pagarnos como merecemos” “¿Y si pedimos vacaciones, no tendrá que pagarnos el 100%?”, “Pues yo me voy a coger la baja hoy mismo, porque ya estaba mal de antes, y no me la había querido coger para no fastidiar”, “Nosotros fastidiados en casa sin poder pagar las facturas, mientras él seguro que está tan tranquilo y riéndose de nosotros” “Siempre perdemos los mismos” “al menos, podría complementarnos el 100% y dejarnos menos desprotegidos”, “Y luego querrá que sigamos trabajando como si nada”.

Todos estos pensamientos enfurecieron y minaron la moral de los empleados, que no entendían cómo su jefe podía ser tan desconsiderado cuando ellos siempre creían haber cumplido con su obligación. Realmente, se sentían los grandes damnificados de la situación.

¿Qué pasará con estos empleados y con su empresa? ¿Se había llegado a un punto de no retorno, o la situación era salvable? No os perdáis el blog de las próximas semanas, para ver el desenlace de esta historia, que no es más que una realidad para tantas y tantas empresas y personas que las componen, que solamente ven su propia realidad y no reparan en la realidad de la otra parte. Seguramente, si el sentido de pertenencia hubiera sido alto previamente, ambas partes sentirían que son una, y verían los agravios en su totalidad, en lugar de hacerlo de manera sesgada.

Debido a la situación que estamos viviendo, desde Grupo Kairos hemos decidido que si antes nuestra misión era mejorar los negocios a través de las personas, ahora más que nunca debemos apoyar a aquellos negocios que se están viendo en la cuerda floja, ya no sólo por la situación, sino por los problemas de personal que están sufriendo y que suponen una amenaza de cierre inminente. Por ello, y sólo mientras dure el estado de alarma, hemos decidido realizar consultas ilimitadas a quien lo necesite. Para ello, solamente hay que inscribirse en el formulario de contacto pinchando aquí y llamaremos en un plazo máximo de 48h. Ánimo a todos y, aunque ésta es una situación sin precedentes, estoy segura de que en tu vida has pasado por otras situaciones que para ti tampoco tenían precedentes, y las superaste con éxito, saliendo reforzado/a de ellas, así que adelante, porque además no estás solo/a.

-Aryán Puerta-

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