Muchas veces pensamos que los trabajadores acarrean grandes problemas a la empresa, que el equipo no está comprometido o que el personal está generando un montón de gastos innecesarios que no hay manera de evitar. Pues bien, nada de esto es del todo cierto. 

 

Quizás puedas recordar tus tiempos de colegio, especialmente los últimos años, ya adolescentes, en los que según el profesor que venía a clase, el grupo podría tener comportamientos casi opuestos; en mi caso, recuerdo que cuando venía la profesora de lengua castellana, aquello era pura jauja, incluso durante un examen, pero cuando venía la de filosofía, uno no se atrevía ni a removerse en su asiento aunque fuera una clase normal, y mucho menos hablar con el compañero. Si el grupo era el mismo, en este caso la clase, ¿Qué cambiaba? Únicamente la profesora. Según qué profesor/a venía, era capaz de sacar a relucir comportamientos bastante distintos en el mismo grupo, y esto no pasa solamente en aulas de colegios, sino que es extrapolable a toda clase de grupos, y la respuesta está en la figura que pilote el rumbo del grupo, es decir, el que ejerce de líder manifiesto. 

 

Es el líder del grupo quien conducirá a sus integrantes a comportarse de una manera u otra; esto, traducido al ámbito empresarial de equipos de trabajo, significa que más que  equipos de trabajo problemáticos, lo que tenemos son  líderes capaces de darle la vuelta a la situación si hacen uso de las herramientas adecuadas.  De hecho, no serviría de absolutamente nada trabajar con el equipo si no se realiza un trabajo con el líder. A veces, esto que a simple vista puede parecer un razonamiento muy simple, resulta complicadísimo de entender para muchos de estos líderes. Para algunos de ellos, parece que es más fácil señalar al equipo o a determinados miembros como foco del problema que hacer autocrítica de lo que hay que cambiar a nivel interno, y así lo único que ocurre es que se desvía la atención del foco real. Cuántas empresas han acabado quebrando por poner el foco donde sólo se evidenciaba un síntoma que trataba de poner de manifiesto el problema real. Y es que el ser humano tiene cierta tendencia al autoengaño para protegerse, pero este tema en todo caso habría que tratarlo en otro post, por su amplitud.  

 

Obviamente es habitual que en un equipo de trabajo haya uno de los miembros que no funciona y que ejerce de “manzana podrida” con riesgo de “contaminar” al resto, pero si eso ocurre sigue dejando en evidencia que, habiendo una “manzana podrida”, el líder no la sacó de la cesta para evitar que el resto se contagiara, así que las miradas se posan de nuevo en ese líder. Si mantienes a gente que no funciona, tú mismo como líder estás frenando el avance del equipo, y puedes provocar tu propia debacle.  Si el equipo no tira, puede ser un síntoma de  que están desmotivados o que no están técnicamente capacitados. En ambos casos, es responsabilidad del líder sacar lo mejor de su grupo o ejecutar las acciones necesarias para tener personas competentes capaces de ejercer sus funciones de manera lo más eficientemente posible. 

 

Sin duda, más de un líder que lea este post dirá: “Y yo, que se supone que hago de líder pero mi empresa me tiene con las manos atadas y no puedo ejecutar lo que me gustaría; si fuera por mí…”; en ese caso, si el líder de líderes (quien está en la cúspide de la pirámide jerárquica) es quien tiene parte de la responsabilidad y no deja ejecutar a los líderes que tiene por debajo a nivel jerárquico, será responsable directo de esos problemas de personal que aquejen a su organización.  

 

Recuerda: si tu empresa tiene problemas de personal, el foco hay que ponerlo en el líder, y no en distractores que sólo generan el síntoma; dejemos de engañarnos pensando que el problema real está en el personal y pongamos remedio a esas fugas de gasto que son ciertamente evitables. 

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 -Aryán Puerta –